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| GIGANTES DE CARIDAD MANUEL MARÍA BRU ALONSO
A primeros de marzo, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre, reunido con sus cardenales, aprobaba solemnemente la canonización de doce beatos, entre ellos, cinco españoles. La nota oficial los nombraba así: “Pedro Poveda Castroverde, presbítero, mártir, fundador de la Institución Teresiana; José María Rubio y Peralta, presbítero, de la Compañía de Jesús, Genoveva Torres Morales, virgen, fundadora de la Congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles (llamadas “Angélicas”); Ángela de la Cruz, (María de los Ángeles Guerrero González), virgen, fundadora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz; María Maravillas de Jesús, (Pidal y Chico de Guzmán), virgen, de la Orden de las Carmelitas Descalzas”. Y anunciaba también la fecha de la canonización, el domingo 4 de mayo de 2003, en Madrid. De este modo, los cinco beatos serán incluidos en la lista o canon de los santos de la Iglesia (de allí el nombre de canonización), que compromete la infalibilidad pontificia, y mediante la cual, se les concede el culto público en la Iglesia universal, se les asigna un día de fiesta, y se le pueden dedicar iglesias y santuarios. Los rostros de estos cinco santos representan mejor que ningún otro icono a la Iglesia española de algo más que la primera mitad de siglo XX. Los diversos avatares de una iglesia que tuvo que pasar por su difícil diálogo con la modernidad, la persecución religiosa, la reconstrucción social y moral de la posguerra, la aplicación del Concilio Vaticano II, etc..., no son ajenos a ninguno de los nuevos santos. Muchas son las cosas que diferencian su vida y su servicio a la Iglesia, pues diversas son siempre las tonalidades y las sensibilidades de los carismas en la comunión eclesial, garantía de una siempre nueva pluralidad en la unidad. Basta recordar los ámbitos tan distintos de presencia eclesial de los nuevos santos: desde el diálogo cultural y la renovación de la educación, ejercido por la serenidad y la sabiduría del Padre Poveda, a la vida de “estricta observancia” de la clausura del Carmelo de una mujer inquebrantable y decidida, como la Madre Maravillas. De la misión netamente pastoral de la vida sacerdotal de un humilde confesor y fervoroso predicador, el Padre Rubio; a las casas de angélicas fundadas por una mujer pequeña e invalidad, que fue Genoveva Torres, o las casas de la Compañía de la Cruz, refugio de pobres e indigentes, fundadas por ese torrente de alegría que era Sor Ángela de la Cruz. Pero también son muchas las coincidencias y similitudes entre los cinco. Por su puesto, su santidad de vida. Pero incluso algunos rasgos distintivos muy significativos de esta común santidad: su enorme sencillez, una espiritualidad basada en la llamada universal a hacer la voluntad de Dios, la promoción de un laicado comprometido, y sobre todo, la caridad. Se trata de cinco gigantes de la caridad. El Padre Poveda vivió su infatigable acción caritativa como exigencia de su vocación a renovar la educación. Además de aprovechar, sin prejuicios ideológicos, todos los adelantos de la nueva educación surgida en ámbitos intelectuales bastante alejados de la iglesia, para darles una impronta cristiana y promover una educación católica pionera y moderna, que ya supone una caridad inteligente, se preocupo también del gran desafío de la educación de su tiempo: que fuera para todos. Y esto desde muy joven. Por ejemplo, en el barrio de las cuevas que rodean la ciudad de Guadix, donde un grupo de personas, los “cueveros” (gitanos, obreros sin cualificar, parados, alfareros), formaban un mundo aparte. El joven Poveda, aún seminarista, inició una labor de acercamiento a aquél mundo marginal, conquistó el corazón de los cueveros, y fundó para ellos las Escuelas del Sagrado Corazón que aún perduran. Al final, vivió el más alto grado de la caridad, el martirio, porque no hay mayor amor que el de dar la propia vida. Genoveva Torres, por otro lado, vivió esta excelencia de la caridad desde que se fijó en un acuciante problema que aquejaba a muchas mujeres en los comienzos del siglo XX: la soledad. Ella, que estaba abierta a ver en los acontecimientos la mano de Dios, captó esta necesidad y empezó el embrión de lo que sería el futuro instituto religioso. Comenzó con dos compañeras, difíciles de carácter, a recoger en la casa a distintas personas necesitadas. Con su paciencia y caridad Genoveva pudo soportar aquella situación, viviendo de su trabajo de costura y bordado. Enseguida se les quedó pequeña la casa y tuvieron que ir buscando hogares más amplios pues la necesidad era más grande de lo que a primera vista podría parecer. Y así surgió una nueva familia eclesial, las Angélicas. El Padre Rubio es conocido por su dedicación al confesionario, a la predicación, a los ejercicios espirituales, al apostolado de la oración de todos los fieles. Pero también y sobre todo es conocido porque ejerció su ministerio pastoral con una dimensión social en los suburbios más pobres de Madrid, singularmente en el de La Ventilla, donde los movimientos revolucionarios encendían a la clase obrera. Fundó escuelas, predicó la Palabra de Dios y fue formador de muchos cristianos que morirían mártires durante la persecución religiosa en España. Cuentan muchos de los que, siendo jóvenes de familias adineradas de Madrid, se confesaban con él, como parecía no hacerles mucho caso en sus “problemas”, mientras les inculcaba el amor a los más necesitados, saliendo de su acomodado mundo para encontrarse con la otra cada de la ciudad, donde ayudando a familias con verdaderos problemas, aprendían mejor que de ningún otro modo a abrir su corazón y su mente al Evangelio. En una ocasión, la joven Ángela de la Cruz, después de escuchar las quejas de los pobres que sufren, recibió la inspiración de fundar una “Compañía” con una dimensión caritativa y social a favor de los pobres y con un impacto enorme en la Iglesia y en la sociedad de Sevilla por su identificación con los menesterosos: “Hacerse pobre con los pobres”. No quería hacer la caridad “desde arriba” sino ayudar a los pobres “desde dentro”. Escribía y lo vivía: “La primera pobre, yo...”. El estilo de sus monjas sería el de mujeres sencillas, verdaderamente populares, apartadas de la grandiosidad, impregnando el aire de dulzura de tal forma que la gente agradecía aquel nuevo modo de querer a Dios y a los pobres. Empezaron también a recoger niñas huérfanas de los enfermos a quienes atendían, y atendían a las personas que estaban solas y enfermas en sus casas. Con una mano pedían limosna y con la otra la repartían. Desde el Carmelo de La Aldehuela, la Madre Maravillas, donde pasó sus últimos catorce años, realizó una labor social como la construcción de viviendas prefabricadas y la ayuda en la construcción de una barriada de doscientas viviendas. A sus expensas hizo edificar también una Iglesia y un colegio. Sostuvo económicamente a distintos seminaristas para que pudieran llegar a ser sacerdotes, realizó una fundación benéfica para sostener a religiosas enfermas, compró una casa en Madrid para alojar a las carmelitas que tuvieran necesidad de permanecer algún tiempo en tratamientos médicos y costeó al Instituto Claune la edificación de una clínica para religiosas de clausura. Curiosamente, la que representa la santidad más contemplativa, y ciertamente fue una gran contemplativa que dedico toda su vida a fundar conventos como hiciera hace cuatro siglos Santa Teresa, mostró un modo muy concreto, también típico de la santa abulense, de ejercer la caridad, aquél que no muchos años después se ha formulado como “promoción social”, que completa el siempre urgente pero insuficiente de la ayuda inmediata, de la beneficencia. Cinco gigantes de la caridad, por tanto, que se hicieron santos por un amor sin límites a Cristo y a todos sus contemporáneos, a quienes educar, que es la caridad cuyo efecto benéfico en la persona es más prolongado; acompañar en su soledad, que es la gran pobreza del hombre de hoy; anunciarles el Evangelio en los barrios más pobres de la gran ciudad, elocuente expresión de la misión de la Iglesia en la urbe moderna; hacerse pobre con los pobres, donde consagrados e indigentes se encuentran sin mediación de barreras ni niveles; o consiguiendo una protección social de la salud y de la vejez, empezando por la mismas religiosas, y superando, en estos dos últimos casos, la gran tentación paternalista de una caridad mal entendida heredada de siglos anteriores. Desde la Plaza de Colón, cruce de caminos de la ciudad de Madrid, pero sobre todo lugar emblemático del encuentro de culturas y civilizaciones, Juan Pablo II propone la vida de estos nuevos santos para toda la cristiandad, llamada, sobre todo, al testimonio universal de la caridad. |
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