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TEMAS PARA CATEQUESIS
Y CONFERENCIA CUARESMALES

Jesucristo presente en la Iglesia

INTRODUCCIÓN

Hemos tratado el encuentro con Cristo y su necesidad para una fe viva. Hemos visto también que este encuentro tiene lugar a través de mediaciones humanas, es decir de otros cristianos, o sea de la Iglesia. Si la Iglesia ya aparece como necesaria para el acceso a Jesús, lo sigue siendo para permanecer en Cristo y tener vida en El. Este es un dato teológico elemental, ya que la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo; por tanto, no se puede separar la Cabeza del resto del Cuerpo.

Sin embargo uno de los problemas más frecuentes, con que nos encontramos hoy es el de una pretendida disociación entre Cristo y la Iglesia. A menudo se oye: "Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia" y esto dicho por personas que se consideran cristianas.
Esta desafección a la Iglesia tiene diversas explicaciones:

1ª) Una deficiente formación catequética.

2ª) La penetración del subjetivismo e individualismo en todos los niveles de la cultura moderna, que lleva a sentir cierta alergia a todo lo que suene a organización, institución, inserción social o comunitaria.

3ª) Un concepto que se va extendiendo de una religiosidad ahistórica y vaporosa, según la cual cada persona podría entrar en contacto directo con Dios al margen de las realidades sacramentales y, en definitiva, al margen de la encarnación de Jesucristo.

4º) La falta de testimonio o los defectos y pecados que a veces unos y otros cometemos.

5ª) El impacto constante de muchos medios de comunicación que distorsionan la realidad eclesial y a veces tratan de abrir grietas entre la Jerarquía de la Iglesia y los fieles.

Por ello el Plan Pastoral de la Conferencia (2002-2005) dice: "Vemos necesario presentar en la catequesis y demás medios de formación una buena teología de la Iglesia que lleve a crear actitudes eclesiales en los fieles y a vivir el sentido de pertenencia. Para ello hay que darla a conocer en la realidad profunda de su misterio, prolongación en la historia de la cercanía de Dios revelada en Jesucristo y animada por la acción del Espíritu Santo... porque no son infrecuentes concepciones del cristianismo de carácter subjetivo, alérgicas a lo institucional o con escasa vinculación eclesial" (n. 22).

Veamos la presencia de Cristo vivo en su Iglesia a través de un pasaje evangélico; la aparición de Jesús resucitado a orillas del lago (Jn 21,1-19), que nos sirve de "icono" para esta catequesis:

Algún tiempo después se apareció Jesús otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: "Me voy a pescar". Ellos contestan: "Vamos también nosotros contigo". Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada

Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: "Muchachos, ¿tenéis algo que comer?". Ellos contestaron: "No". Él les dice: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". La echaron; y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto amaba le dice a Pedro: "Es el Señor"

Al oir que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: "Traed de los peces que acabáis de coger". Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: 'Vamos, almorzad'. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da; y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón de Juan, ¿me amas más que estos?" Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dice: "Apacienta mis corderos". Por segunda vez le pregunta: "Simón hijo de Juan, ¿me amas?" Él le contesta: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Él le dice: "Pastorea mis ovejas". Por tercera vez le pregunta: "Simón hijo de Juan: ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez si le quería y le contestó: "Señor, tú conoces todo; tú sabes que te quiero". Jesús le dice: "Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro, cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras". Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto añadió: "Sígueme".


1.- "JUNTO AL LAGO DE TIBERÍADES" (Jn 21,1). EL TIEMPO Y EL LUGAR DE LA IGLESIA

Esta escena ocurre en el lago de Tiberíades. Es un lugar muy evocador para los discípulos: es el lugar de la primera llamada (Mc 16,20); de la pesca milagrosa y el seguimiento del Señor (Lc 5,4-11); donde Jesús predicaba desde la barca (Lc 5,1-4), lugar de las tempestades, los miedos y las confianzas (Mt 8,23-27; 14,22-33).

El lago para los Apóstoles es como el desierto para el pueblo de Israel, mientras peregrinaba hacia la tierra prometida: lugar del amor primero y de la tentación, de la fidelidad y de la infidelidad, de las luchas y de las esperanzas.

El lago es también un símbolo del lugar donde la Iglesia, el nuevo Israel, vive y peregrina, es decir, la realidad de la historia y de la sociedad, con sus vicisitudes y sus esperanzas "en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios" (San Agustín: Cf. LG 8). No es extraño que la barca de Pedro se utilizara pronto en la iconografía cristiana para representar a la Iglesia.

2.- "VAMOS TAMBIÉN NOSOTROS CONTIGO" (Jn 21,3).
LA COMUNIÓN ECLESIAL EN LA EVANGELIZACIÓN

— El evangelista subraya unos detalles que expresan la unidad existente en el núcleo primero eclesial: estaban juntos los discípulos, Pedro toma la iniciativa de ir a pescar y todos se unen a él: "Vamos también nosotros contigo" (Jn 21,3). Aunque no se deben extrapolar los detalles, no hay que olvidar el lenguaje simbólico del cuarto Evangelio y la insistencia en el tema de la comunión de los escritos joánicos (cf. Jn 17,21-23; 1 Jn 1,3), así como el relieve que se le da a la figura de Pedro. Por otra parte sabemos que la "comunión", actuada por el Espíritu Santo es característica definitoria de la comunidad cristiana (cf. los sumarios de Hch 2,42-42; 4,32-35).

— La barca es un buen símbolo de la tarea común en la que todos estamos implicados en la Iglesia, aunque no todos tengamos las mismas funciones (piloto, remeros, los que manejan las velas y las redes, etc.). La pluralidad de ministerios y de funciones eclesiales son dones del Espíritu para la edificación de la comunidad, según la teología paulina (cf. 1 Co 12-14). El Papa ha insistido en la necesidad actual de desarrollar una espiritualidad de comunión y la ha descrito como mirada del corazón para descubrir el misterio trinitario que nos habita, como capacidad de sentir al hermano de fe en la comunidad del Cuerpo místico, como actitud para ver lo positivo de los demás y acoger al otro (NMI 44).

— En la Iglesia existen los servicios específicos de la comunión instituidos por Cristo: el ministerio petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad episcopal y otros instrumentos y signos de esa comunión, como la Curia romana, los Sínodos, las Conferencias Episcopales y todo el entramado de organización y de vida eclesial a nivel de Diócesis, Parroquias, comunidades, etc. El Papa, así como nuestros obispos, nos invitan a situar debidamente y potenciar esos signos de comunión (NMI 44-45; Plan CEE, n. 50-52)).

— La comunión eclesial es dinámica porque nace de la adhesión al Evangelio y lleva a su difusión, como la vocación de los pescadores de la barca es pescar (Cristo confía a Pedro la misión de pescar hombres = evangelizar: cf. Lc 5,10). Esta tarea se puede vivir en diversas formas, que han de expresar la comunión entre sí: parroquias, comunidades, movimientos, asociaciones, etc. Y de igual modo las diversas vocaciones, tanto al ministerio presbiteral como a la vida de especial consagración o la vocación propia de los laicos. Esta pluralidad expresa la riqueza de dones del Espíritu con que el Esposo enriquece a su Iglesia. Pero también a veces, debido a la limitación humana, engendra tensiones y dificultades; por eso se necesita la espiritualidad de comunión (Cf. NMI 46-47; Plan CEE 48-49). Esa comunión será, por lo demás, el mejor signo evangelizador: "gozaban de la simpatía de todo el pueblo y el Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar" (Hch 2,47).

— La experiencia de la dificultad de la evangelización: Los Apóstoles "aquella noche no pescaron nada" (Jn 21,3). Todo un símbolo para la Iglesia primitiva, que se debatía en dificultades y para la Iglesia de hoy, que experimenta a menudo la sensación de fracaso y la tentación del desánimo o del cansancio ante los pocos frutos logrados, a pesar del esfuerzo. Es el efecto de una cultura inmanentista, opaca e incluso hostil al Evangelio (cf. Plan CEE 7-9). Esta realidad es también ocasión de descubrir claves necesarias de la Evangelización, porque para la Iglesia, lo mismo que para Jesucristo, el triunfo no es camino de redención. Un viejo proverbio dice: "El éxito no es un nombre de Dios". La salida cristiana no es el lamento o el rendirse, sino la esperanza, porque sabemos que Jesús está presente en la Iglesia.

3.- "JESÚS SE PRESENTÓ EN LA ORILLA" (Jn 21,4). JESUCRISTO PRESENTE EN SU IGLESIA

Jesucristo está tan inseparablemente unido a su Iglesia, que es su Cabeza. En el texto evangélico que comentamos esta verdad teológica se describe de forma narrativa.

3.1.- La Presencia del Amigo y del Esposo

— Jesús ha prometido a la Iglesia su presencia: "sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Se trata de una presencia misteriosa, que requiere los ojos de la fe para descubrirse: es el estilo de las apariciones de Jesús Resucitado. En este caso es un desconocido de la playa, que va a ser reconocido por el "signo" de la pesca milagrosa, del que ya tenían experiencia (Cf. Lc 5,4-11), como los de Emaús lo reconocieron en el gesto de la fracción del pan.

— Los signos de la presencia del Señor, lo mismo que sus milagros no se imponen por evidencia, sino que se reconocen por gracia. Así es su presencia eclesial. Es el discípulo amado el que descubre su presencia y la proclama: "Es el Señor" (Jn 21,7). Se trata del discípulo que tenía bien abiertos los ojos del corazón y sabía de la confidencia e intimidad con el Señor, el que había permanecido fiel hasta el pie de la cruz, el que había acogido a María como Madre. Siguen siendo éstas actitudes necesarias para descubrir la presencia de Cristo en su Iglesia, es decir, para descubrir el misterio de la Iglesia y no reducirla a un puro fenómeno social, susceptible de análisis sociológicos, pero no de suscitar amor. Descubrir esa presencia es experimentar que Él es el dueño de la barca y el que guía los peces y mueve las redes. Es plantear el quehacer eclesial desde la fe, desde la convicción de la primacía de la gracia antes que nuestras fuerzas. Él lo dicho: "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Pablo lo sabe bien: "Ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios, que da el incremento" (1 Cor 3,7). María, Virgen y Madre, es "el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia" (Rosarium 15): en ella encontramos realizada la máxima fecundidad en la apertura a la gracia.

— La presencia del Señor en su Iglesia es de amigo. Es una presencia bienhechora y crea esperanza en esa barca, cuya red se va llenando de peces grandes hasta rebosar. Es tan entrañable este amigo, que les prepara en la orilla la lumbre para calentarse y el almuerzo para reponerse. Como una madre, como el Esposo para con su Esposa. Jesucristo ama a la Iglesia como a su Esposa y se entrega por ella para santificarla (cf. Ef. 5,25-26), se une a ella en alianza indisoluble, la alimenta y la cuida sin cesar (cf. Ef 5, 29): "La Iglesia avanza en medio de las pruebas y dificultades y se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios prometida por su Señor. Así no deja de mantener la fidelidad perfecta a pesar de la debilidad de la carne, sino que permanece como esposa digna de su Señor y se renueva sin cesar por la acción del Espíritu Santo hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso" (LG 9).

— Este Cristo, así de cercano y cordial, es el que da sentido al enamoramiento de su persona, a la vida radical de los santos en la Iglesia, a las vocaciones consagradas, al celibato por el Reino de los cielos y por identificarse con su forma de vida, a las locuras de amor en servicio a los más débiles.

— Gracias a la Iglesia tenemos la posibilidad de acceso a Jesús: "La Iglesia, que es 'columna y fundamento de la verdad' (1 Tm 3,15), guarda fielmente 'la fe transmitida a los santos de una vez para siempre' (cf. Judas 1,3). Ella es la que guarda la memoria de las palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171).

3.2.- La presencia en la Eucaristía

— La invitación de Jesús "Venid a comer" (Jn 21,12), y los gestos característicos de Jesús de partir el pan, dárselo, etc. parecen ser en el lenguaje simbólico de Jn una referencia a la Eucaristía, el sacramento pascual, lo mismo que la "fracción del pan" en la aparición a los discípulos de Emaús. La teología nos enseña que entre las diversas presencias de Jesucristo en su Iglesia (Palabra, ministros, sacramentos, comunidad, pobres, etc.), hay una singular, porque es la presencia del Señor en su misma substancia: la presencia eucarística: "Esta presencia se denomina 'real', no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen 'reales', sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1374; cf. 1373-1381).

— La presencia de Cristo en la Eucaristía es tan fuerte que la Eucaristía hace a la Iglesia y sin ella no hay Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente en el Cuerpo de Cristo. Ella es "la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC 10; cf. LG 11). "La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios, por las que la Iglesia es ella misma" (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1324-1327; 1396).

— Tanto el Papa como nuestros Obispos insisten en reforzar la catequesis sobre la Eucaristía, y la valoración particular del domingo, que se convierte en un signo de identidad en medio de una sociedad descristianizada y en un antídoto contra la dispersión, que es lo más contrario a la "congregación" que constituye la Iglesia (cf. NMI 35-36; Plan Pastoral de la CEE 2002-2005, 24).

3.3.- La presencia en los Pastores de la Iglesia

— En aquel clima de amistad tiene lugar el conocido diálogo del Señor con Pedro. Le da la oportunidad de confesarle por tres veces el amor por tres veces negado: "¿Me amas? Sí, Señor, tú sabes que te amo" (cf. Jn 21,15-17). Se trata de una confesión de Pedro mucho más personal que aquella otra de Cesarea (Mt 16, 13-19), porque ahora no es sólo una afirmación de fe, sino adhesión de amor, donde se implica la vida, después de haber experimentado las propias limitaciones. El amigo ofrece el perdón y la amistad y reclama amistad. Es la primera dimensión de la "caridad pastoral", propia de los pastores de la Iglesia: el amor a Jesucristo, el Buen Pastor, puesto que se tienen que identificar con Él y ser transparencia suya.

— Tras la confesión de amor, la misión del pastoreo. Jesús renueva su confianza a Pedro y le sigue encomendando la función de guiar a la Iglesia, como tras la confesión de fe en Cesarea le había encomendado la misión de ser Piedra de asentamiento de la Iglesia. La misión que Cristo le encomienda es la suya misma: apacentar sus propias ovejas. Se trata de prolongar la tarea del Buen Pastor, incluso con los rasgos del Buen Pastor, de entregarse del todo y amar tanto a las ovejas, hasta dar la vida por ellas (Cf. Jn 10,11; 21,19). Es la segunda dimensión de la "caridad pastoral": amar a los fieles confiados como Cristo y con el mismo amor que Cristo las ama, siendo signo y epifanía de su amor (cf. Pastores dabo vobis 21-23).

— Jesús confía aquí a Pedro su misma misión. De modo similar hace con el resto de los Apóstoles, de modo que les confiere la autoridad mesiánica que había recibido del Padre: " Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, y haced discípulos..." (Mt 28 18-19). Establece un estrecho paralelismo entre el ministerio confiado a los apóstoles y su propia misión: "quien a vosotros os recibe a mí me recibe..." (Mt 10,40); "haced esto en memoria mía" (1 Co 11,24-25); "recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados..." (Jn 20,22-23). Los Apóstoles, instituidos por el Señor, llevan a cabo su misión llamando a otros hombres como Obispos, presbíteros y diáconos y mediante la imposición de las manos en el sacramento del Orden, poder prolongar en la Iglesia la presencia de Cristo único y supremo Pastor (cf. Pastores dabo vobis 13-15). Esta es la presencia de Cristo en la Jerarquía de la Iglesia, de la que trató el Concilio Vaticano II en el cap. III de la Lumen Gentium sobre la constitución jerárquica de la Iglesia.

— Los ministros de la Iglesia necesitan del apoyo de toda la Iglesia para identificarse con Cristo y ejercer debidamente su misión. Y esto en diversos modos:

1º) En la animación de la pastoral vocacional, para que no falten pastores dignos a la Iglesia: la oración, la mediación humana, la disponibilidad de las familias, la sensibilidad de los catequistas es más necesaria que nunca en este tiempo de sequía vocacional.

2º) La oración por los sacerdotes, la amistad, la cercanía, la defensa frente a tantos ataques, el consejo, la colaboración de todos los fieles se convierten imprescindibles en un tiempo de inclemencia para los que representan la imagen visible de la Iglesia.

3º) El mantener la comunión con los Obispos, sentirse hijo de la Iglesia, rechazar cualquier intento más o menos solapado de escisión o desafecto, es hoy necesario. Lo cual no quita para tener un espíritu amorosamente crítico y ayudar a corregir posibles defectos de la institución eclesial o de los que tienen la función de la autoridad en la Iglesia.

4º) El cariño afectuoso al Papa, el apoyo con la oración, la adhesión a su Magisterio, constituye una forma "sacramental" de adhesión a Cristo. La próxima visita del Papa a España, expresión de su "solicitud por todas las Iglesias" es un buen momento de expresarle estos sentimientos y reforzar nuestro afecto eclesial. ¡Cómo vibraba de alegría la Iglesia de Jerusalén ante la presencia de Pedro, que llamaba a la puerta de la comunidad reunida en una casa para orar por él! (cf. Hch 12,12-17). Nuestra unión en torno al sucesor de Pedro refuerza nuestros vínculos de comunión y nos hace crecer en eclesialidad.

CUESTIONARIO PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL
Y DIÁLOGO DE GRUPOS

¿Cómo nos hemos sentido ante los distintos hechos y críticas sobre la Iglesia que han salido en la prensa y en la televisión los meses pasados? (Cf. Introducción y Apartado 3.1).
¿Cómo vivo mi relación de comunión en la Iglesia? ¿Qué aporto y qué recibo como miembro del Cuerpo místico de Cristo? ¿Cómo se relaciona mi grupo eclesial con los otros? (Cf. Apartado 2).
¿Cuál es mi actitud ante el Sacramento de la Eucaristía? ¿Cómo participo y vivo la Misa dominical? (Cf. Apartado 3.2).
¿Cómo es nuestra sintonía con el Papa y los Obispos? ¿Cómo nos adherimos a su Magisterio? ¿Qué hacemos a favor de ellos? (Cf. Apartado 3.3)
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