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TEMAS PARA CATEQUESIS
Y CONFERENCIA CUARESMALES

Llamados a confesar y
transmitir nuestra Fe

INTRODUCCIÓN

En los dos temas anteriores hemos tratado que la fe es adhesión a la persona de Jesucristo y a su Mensaje y que es en la Iglesia donde descubrimos a Jesucristo. Ahora bien, la fe no es una mera vivencia interior. Por la naturaleza misma del hombre, que es social, la fe necesita expresarse y comunicarse; y por la naturaleza de la fe, que es eclesial, necesita referirse constantemente a la Iglesia para contrastarse y un lenguaje común en el que expresar la comunión en la misma fe. Este es el significado que han tenido desde el principio de la Iglesia las fórmulas breves y normativas para todos (cf. Rm 10,9; 1 Co15,3-5; etc.) y los posteriores "Símbolos de la fe" o Credos que desde los primeros siglos fueron recogiendo la síntesis de la fe cristiana. Recordamos particularmente a los que seguimos recitando actualmente en la Misa: el Símbolo de los Apóstoles y el llamado Niceno-Constantinopolitano (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 185-197).

El Evangelio narra un momento, en el que Jesús quiere que sus discípulos confiesen su fe en él (Mt 16, 13-19). Entre ellos Pedro cobra un relieve singular, porque hace una confesión explícita de fe y recibe la promesa de que será "piedra" sobre la que se edifique la Iglesia. En nuestra preparación a la visita a España del Sucesor de Pedro, la referencia de este pasaje nos puede ayudar a descubrir la necesidad que tenemos hoy de confesar y testimoniar la fe. Por eso este pasaje evangélico puede ser un buen "icono" de esta catequesis.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?". Ellos contestaron: "Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas". Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Simón Pedro tomó la palabra y dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Jesús le respondió: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás|, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedrá destado en el cielo" (Mt 16,13-19).

1.- "¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE ES EL HIJO DEL HOMBRE?" (Mt 16,13):
EL CONTEXTO ACTUAL DE LA TRANSMISIÓN DE LA FE Y LA EVANGELIZACIÓN

La evangelización es fundamentalmente siempre la misma, pero asume connotaciones diversas según las situaciones. En la época de Jesús, las referencias mentales tenían que ver con las categorías del Antiguo Testamento y con la esperanza mesiánica que abrigaban las personas. En el contexto en que vivimos, la tradición cristiana está sometida a un proceso acelerado de transformación. Lo cristiano se ha convertido en un hecho secundario y casi residual. Los Obispos españoles en el Plan de Pastoral para el trienio 2002-2005, Una Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro!, señalaban que la «cultura pública occidental se aleja conscientemente de la fe cristiana y camina hacia un humanismo inmanentista... que se convierte en causa permanente de dificultades para su vida y misión... Se da una situación de nuevo paganismo: el Dios vivo es apartado de la vida diaria, mientras los más diversos ídolos se adueñan de ella» (nn. 7 y 8).

Sin embargo, «la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente es la secularización interna. Se trata de un problema de casa y no solo de fuera... que afecta a la débil transmisión de la fe a las generaciones jóvenes». Y se señala igualmente «que no es la cultura ambiente, sino la propia identidad de ser Iglesia de Jesucristo la que tiene que marcar los caminos pastorales» (nn. 10 y 11).

La pregunta que Jesucristo hizo a los Apóstoles también nos la hace a nosotros hoy: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Si tenemos fe verdadera en el Señor y lo descubrimos en la Iglesia, nuestra respuesta será conforme al criterio de la Iglesia, que nos trasmite la fe en Cristo recibida de los Apóstoles. Será la misma respuesta que le dio Pedro.

2.- "TÚ ERES EL MESÍAS, EL HIJO DE DIOS VIVO" (Mt 16,16). LA PROPUESTA DE LA FE

2.1.- El anuncio explícito de Jesucristo

Simón Pedro hace una confesión pública de su fe en Cristo. Manifiesta explícita y claramente su identidad. Esta actitud es necesaria para los cristianos de hoy, en medio de un ambiente cultural "light" y con la tentación del relativismo o del mal entendido pluralismo religioso, denunciado por la Declaración Dominus Iesus. El anuncio de la fe no puede quedar reducido a un conjunto de palabras difusas o puramente teóricas, o una serie de propuestas humanitarias o de signos de solidaridad. «Éste sería incompleto, si no es claro e inequívoco anuncio del Señor Jesús.» Por tanto «no habrá verdadera transmisión de la fe, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (EN 22).

Los sacerdotes, los catequistas, los profesores de religión, los padres cristianos han de enseñar a conocer a Jesucristo en su vida y su misterio. Y su mensaje central no puede ser otro: "que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras... " (1 Co 1 5, 2-5). Sin escuchar este mensaje no se llega a la fe, y si no se acoge este anuncio y se le presta la debida adhesión del corazón no se es del todo cristiano.

2.2.- La propuesta del Dios vivo y verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo

Acogiendo este Evangelio de Jesucristo, se le acoge como el Hijo enviado del Padre que nos da el Espíritu Santo. La fe cristiana es trinitaria y, por tanto, su anuncio ha de estar referido siempre al Dios vivo y verdadero que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ésta, y no otra, es la fe bautismal que la Iglesia se gloría de profesar y de transmitir a todos los hombres. Jesucristo es el camino y la mediación ineludible para llegar al misterio del Dios vivo. El Cardenal Josef Ratzinger, planteando los retos de la catequesis hoy, ha dicho:

"El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y también debe ser el corazón de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es 'Reino de Dios'. Pero Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, Dios vive, Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana 'causa última', Dios no es el 'gran arquitecto' del deismo que ha construido la máquina del mundo y ahora estaría fuera. Por el contrario, Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia… El 'unum necessarium' para el hombre es Dios. Todo cambia si hay Dios o no hay Dios. Desgraciadamente, también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios no existiese. Vivimos según el cliché 'No hay Dios y si lo hay no interesa'. Por este motivo, la evangelización, antes que nada, tiene que hablar de Dios, anunciar el único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica)" (Discurso en el Jubileo de los Catequistas).

En consecuencia, como señalan los obispos españoles en el Plan Pastoral Una Iglesia esperanzada:

«Es preciso poner a Dios como centro de nuestro anuncio y de toda la pastoral; hablar de Dios no como un aspecto o un tema de la fe, sino como el objeto central, el principio y fin de toda la creación, el sentido, fundamento, plenitud y felicidad del hombre. Hoy no son suficientes los signos de amor y de solidaridad; son necesarias las palabras que desvelen a la humanidad el rostro del Dios único y verdadero. Hay que volver a hablar de Dios con lenguaje fresco y vital. Hemos de anunciar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor, que nos invita a su amistad; que por Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, nos ha redimido y nos da la posibilidad de ser hijos de Dios por la donación del Espíritu Santo; que a través de la Iglesia y los sacramentos nos comunica la vida divina, que es la gracia, anticipo de la vida y la felicidad eterna, a la que estamos llamados» (n. 29).

2.3.- La fe cristiana, servicio a la verdad y dignidad del hombre

En Jesucristo no sólo conocemos al Dios vivo y verdadero sino también conocemos lo que somos nosotros: «Cristo el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS 2). El anuncio de la fe, al mostrar a Cristo, muestra al mismo tiempo lo que es el hombre: su dignidad de hijo de Dios, su vocación a la comunión con Él y su destino a la vida eterna, su responsabilidad en la vida presente, su fraternidad con todos los hombres.

El anuncio de la fe, al mostrar el rostro de Jesucristo (cf. NMI 16), lo propone como Salvador único del hombre que le conduce a la verdad y a la verdadera vida. En este sentido la propuesta de la fe ha de referirse siempre y vincularse al desarrollo del hombre integral y sus necesidades y búsquedas fundamentales. Éste es el servicio más propio y singular que la fe puede prestar al hombre y al mundo de hoy, pues sólo así éste puede alcanzar su verdadera vocación y el fundamento de su verdad y dignidad: el conocimiento de la salvación de Dios y la comunión con Él. El Evangelio que la Iglesia anuncia es realmente "Buena Noticia" para el hombre porque muestra el arte de vivir, el camino de la felicidad.

2.4.- La invitación a la conversión

La llamada de Jesús convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,15), sigue resonando también hoy mediante la evangelización de la Iglesia. Si la fe cristiana es, ante todo, conversión a Jesucristo, adhesión a su persona y camino en su seguimiento, para pensar como Él, juzgar como Él y vivir como Él lo hizo, esto lleva consigo un cambio de vida, una «metanoia», es decir, una transformación de la mente y del corazón del hombre que ve así colmadas sus aspiraciones más profundas. El hombre encuentra de este modo lo que siempre buscó, a veces, inconscientemente: la verdad sobre Dios, sobre el hombre mismo y sobre el destino que le espera (cfr. RM 45). La conversión es, entonces, como un agua pura que reaviva el camino del ser humano, peregrino en busca de su hogar (cf. Jn 4; RM 46).

La fe da origen a un proceso de conversión que dura toda la vida. Quien accede a la fe es como un niño que inicia un camino de entrega filial, confiada y gozosa a la voluntad del Dios vivo y verdadero, abandonando los ídolos que lo sustituyen y le esclavizan a él, y que, poco a poco, crecerá y se convertirá en un ser adulto, que tiende al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13).

3.- "ESO NO TE LO HA REVELADO NADIE DE CARNE Y HUESO, SINO MI PADRE QUE ESTÁ EN EL CIELO (Mt 16,17) LA FE: DON SALVÍFICO DE DIOS PARA EL HOMBRE

La afirmación del Señor en la escena de Cafarnaún sobre el origen de la fe nos sitúa en una verdad fundamental: la fe es un regalo de Dios, que ha querido revelarse al hombre, darse a conocer tal y como es, y, al mismo tiempo ha querido darle a conocer el misterio de su voluntad y de su designio. Es decir, ha querido que el hombre conozca el camino que lo conduce a la verdad plena, a la felicidad, a su salvación (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 50-67).

El apóstol san Pablo subraya que es Dios mismo quien quiere darse a conocer a todos, pues su voluntad es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la Verdad (cf. 1 Tm 2,4).

Por eso desde el momento en que Dios creó al hombre, no ha dejado de hablarle de un modo misterioso, pero real.

— Le habla por medio de la creación, dándole testimonio de su bondad, de su poder y de su sabiduría.

— Le habla en lo más profundo de la conciencia exhortándole al bien y corrigiéndolo de sus malas acciones. Le ofrece así pruebas más que evidentes de que es un Dios justo y también misericordioso.

— Le habla por medio de los patriarcas, los profetas y los sabios, hombres y mujeres cercanos a Dios, que fueron llamados y elegidos para guiar al pueblo y conducirlo a la tierra de promisión. De este modo, Dios se ha revelado como un Padre cercano, Señor providente, Juez que discierne y juzga entre lo bueno y lo malo, Dios del perdón, que no lleva cuentas de nuestras culpas. Maestro que nos enseña el camino del bien y de la verdad. Fuerza que impulsa a los hombres a alcanzar su destino.

— Le habla, por último, por medio de Jesucristo. El cual, como Palabra eterna del Padre, no sólo nos habla de Dios, sino que lo hace visible. Quien ve a Jesús ve al Padre, y para conocer a Jesús es necesario aceptar que es el enviado del Padre. El Padre y el Hijo nos enviaron al Espíritu Santo, para que, por medio de ellos, creyéramos en Jesús como el Mesías de Dios, y creyéramos también en Aquel que lo envió para salvarnos.

Dios, al revelarse, invita a los hombres a entrar en comunión con Él, a vivir en su compañía, fiándose de Él y de su amor. En esto consiste la fe: Tener fe es creer que Dios existe, que Dios nos ha creado por amor y que podemos fiarnos de Él y vivir desde Él y según Él nos propone - Cuando Dios creó al hombre, le dio la libertad para que pudiera acogerse a su llamada, a su voluntad, a su designio. La fe es, por tanto, una respuesta libre que el hombre es capaz de dar a Dios y por la que se acoge a su proyecto creador y de salvación previsto desde siempre. Esta respuesta supone una aceptación del plan de Dios, tal y como hizo Abrahán y todos los que, como él, creyeron en Dios.

Como lo que Dios revela al hombre desborda tanto sus capacidades, es necesario que Dios mismo le ayude. Lo que nos enseña la revelación es que Dios actúa en el corazón de los hombres, al modo de un maestro interior: les abre los ojos y les ilumina para que vean y acepten la luz que viene de lo alto. Por eso, al tiempo que respuesta, la fe es un don de Dios, por el que el hombre es iluminado interiormente, capacitándole para responder libremente y dar su asentimiento a lo que Dios revela.

Iluminado por la luz de la fe, el hombre comienza a entender de un modo nuevo y a juzgar de forma diferente todo lo que ve a su alrededor, lo que le sucede en la vida y en la historia, y lo que siente y experimenta en su interior. Se fía, como Abrahán, más allá de las aparentes contradicciones, de la Palabra de Dios y la cumple, la obedece y la sigue.

4.- "TÚ ERES PEDRO Y SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA" (Mt 16,18):
EL SERVICIO ECLESIAL DE LA TRANSMISIÓN DE LA FE

4.1. El servicio eclesial a la fe

4.1.1.- La fe de la Iglesia

La fe es un don de Dios que se recibe de la Iglesia y se confiesa en la comunión de la Iglesia. Siendo un acto personal, no es un acto solitario y aislado. Nadie puede creer solo como tampoco nadie se ha dado la fe a sí mismo. La fe es transmitida por la Iglesia y de ella se recibe. Decir yo creo, equivale a decir yo creo en la fe de la Iglesia.

En la fe común de la Iglesia está presente la fe de todo el pueblo de Dios que la han confesado a lo largo de la historia: los Apóstoles que la recibieron de Cristo; los santos que la han vivido con heroicidad, los pastores que la han enseñado e interpretado con autenticidad; y todos los creyentes que la han confesado, vivido y testimoniado en la experiencia de su vida ordinaria. (Cf. Catequesis 2ª).

Para la transmisión de la fe la Iglesia cuenta con la fuerza del Espíritu Santo, que «impulsa a la Iglesia y coopera con ella para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo» (LG 17). Por medio del Espíritu Santo se renuevan realmente todas las cosas; Él es quien hace posible que la Buena Noticia alcance los rincones de la tierra y Él es quien guía a cada creyente hasta la verdad completa (cf. Jn 16,13), haciendo que la Palabra de Cristo se haga carne en sus vidas (cf. DV 8).

4.1.2.- El ministerio apostólico

En el anuncio y la transmisión de la fe, el ministerio apostólico que se enraíza en la misión de Cristo confiada a la Iglesia de ser Maestra de la verdad en favor de los hombres y para su salvación (cf. Mt 28,20; Ef 3,8-10), tiene una relevancia singular. Los obispos, como sucesores de los apóstoles, juntamente con el Papa y bajo su autoridad, han sido enviados para perpetuar la obra de Cristo con la misión de «enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda criatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento de los mandamientos» (LG 24). Por eso se les llama “pregoneros de la fe”, “maestros auténticos de la fe”, “educadores del Pueblo de Dios” y “dotados de la autoridad de Cristo”. Y, como tales, su misión, en relación al anuncio y transmisión de la fe, consiste en predicarla, iluminarla, hacerla fructificar y velar para salvaguardar sin alteración el contenido de la fe que el Señor confió a los apóstoles y para que el Pueblo de Dios no se aparte de ella (LG 25; DGC 222).

El ministerio de Pedro, como piedra sobre la que se edifica la Iglesia (cf. Mt 16,18), incluye el carisma de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). La próxima visita del Vicario de Cristo a España, como dicen los Obispos en su Mensaje de preparación, es un acontecimiento de gracia, por el que nuestra fe puede ser renovada y fortalecida. Podremos tener dificultades o miedos en un contexto opaco y a veces hostil a la misma fe. Pero el mensaje del Papa, con una vida de experiencia martirial de la fe, desde el comienzo de su ministerio ha sido: "No tengáis miedo".

4.1.3.- Tarea de todos

La fe en Cristo es «un don de Dios para vivirlo en comunidad y para irradiarlo al exterior, tanto con el testimonio de vida como con la palabra» (RM 49).Los mismos apóstoles enseñan que la misión de comunicar la Buena noticia de Jesús está confiada al pueblo de Dios en su globalidad: «Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pe 2,9).

Esta conciencia misionera de todos los cristianos también hoy resurge viva y con fuerza: «La misión corresponde a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales» (RM 2). Por ello «quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» (RM 11).

El compromiso misionero, dirigido al propio ambiente y a todo el mundo, con la oración, el testimonio y la palabra, es una demostración de nuestra fe en Cristo y un criterio para verificar la validez de los organismos pastorales, movimientos, parroquias y obras de apostolado de la propia Iglesia.

4.2.- La transmisión de la fe

4.2.1.- La fundamentación y el fortalecimiento de la fe

En una situación como la nuestra que presenta tan grandes dificultades a la fe y a la vida cristiana (cf. Plan de Pastoral CEE 7-11), es necesario que el servicio de la fe de la Iglesia asuma como tarea prioritaria la fundamentación y el fortalecimiento de la fe de los bautizados y la iniciación cristiana de los no bautizados.

En esta situación la acción pastoral se ha de orientar principalmente a facilitar el único camino posible para ello: el camino de la fe, en el que Jesucristo, la gracia, la vida interior y la santidad ocupen un lugar central (cf. NMI). Como nos recuerda el Papa: «Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la Palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum! En aquella ocasión fue Pedro quien habló con fe: En tu palabra, echaré las redes (Lc 5,5). Permitidle al sucesor de Pedro que, en el comienzo de este milenio, invite a toda la Iglesia a este acto de fe, que se expresa en un renovado compromiso de oración» (NMI 38).

Este camino de fe es el que permitirá a los bautizados y a los no bautizados contemplar el rostro de Cristo y adherirse a él con todo el corazón, adoptar su estilo de vida, celebrar su presencia en los sacramentos, revitalizar su comunión eclesial, participar como testigos y apóstoles en su envío misionero y esperar su venida gloriosa. Así es como el camino de la vida de cada cristiano será auténticamente un camino de salvación para él y un camino de testimonio para los otros: «Venid y veréis» (Jn 1,39).

4.2.2.- La Iniciación cristiana: momento privilegiado de la transmisión de la fe de la Iglesia

La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo e instruida por el ministerio apostólico, realiza la transmisión de fe a través de toda su vida; pero de un modo especial y preeminente lo hace por medio de la Iniciación Cristiana.

Un cristiano no nace, se hace, decía Tertuliano. La Iniciación Cristiana es el proceso o el camino por el cual la Iglesia engendra a la persona a una nueva vida, gracias al anuncio de Jesucristo, de su enseñanza, de su celebración en los sacramentos y del testimonio de la caridad. Los sacramentos de la Iniciación Cristiana —Bautismo, Confirmación y Eucaristía— requieren, como elemento propio, la profesión de la fe de la Iglesia, y la catequesis es la acción eclesial propiamente dicha que propicia una viva, explícita y operante profesión de fe (DGC 66).
Elemento primero e imprescindible de la iniciación cristiana es enseñar a rezar. Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben ir unidos. El papel de las familias cristianas es en este punto fundamental, para iniciar en las primeras oraciones y en el acrcamiento al misterio divino. La catequesis desempeña, asimismo, una función irrenunciable a la hora de introducir en las distintas formas de oración tanto personal como comunitaria; vocal, de interiorización o litúrgica. El Papa nos ha recordado que "la educación en la oración se ha de convertir de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral" (NMI 34). Esto exige revisar nuestra pedagogía catequética y pastoral.

4.2.3.- Catequesis y enseñanza religiosa escolar

En el servicio de la fe, constituye también una tarea prioritaria la atención debida a la catequesis al servicio de la Iniciación Cristiana, que junto con la Enseñanza Religiosa Escolar (ERE), la educación cristiana en la familia, en la escuela católica y en los movimientos apostólicos, constituyen los pilares básicos para la transmisión de la fe a las nuevas generaciones de niños y jóvenes particularmente (cf. IC 18).

Todas estas acciones y ámbitos educativos de la fe deben respetar sus propias peculiaridades y coordinarse mutuamente, toda vez que el destinatario es casi siempre el mismo. No obstante, en el intento de ofrecer un verdadero camino de fe, se debe potenciar y fortalecer, sobre todo, la fe de los educadores cristianos: catequistas, profesores de religión, miembros de las familias…

La fe siempre es un don de Dios. No es un don que hace el educador al educando, o que éste consigue por su esfuerzo o sus capacidades naturales. No es consecuencia de una buena pedagogía, aunque ésta la favorezca. En cuanto don de Dios, ha de disponerse uno para recibirla con la escucha del Mensaje, con la sencillez y la humildad del corazón (cfr. Mt 11, 25-26) y con la oración. La fe ha de ser transmitida dejándonos guiar por la pedagogía que Dios y que la Iglesia han utilizado con nosotros: la pedagogía original de la fe.

4.3.- El testimonio de la fe

4.3.1.- La fe de los testigos

La educación de la fe implica siempre iniciación en el estilo de vida cristiana. Por eso, además del anuncio de la Palabra y las explicaciones, es necesario que el educador y la comunidad cristiana vivan de tal modo, que se pueda decir a los educandos: venid y lo veréis. La transmisión de la fe no consiste sólo en pronunciar la Palabra escrita, sino también en mostrarla encarnada y visible en la vida de los cristianos. Al cristiano que educa en la fe a otro, es a quien le toca especialmente encarnar y hacer visible el Mensaje. El educador, si lo es de verdad, habla y da testimonio como miembro de la comunidad de discípulos, como encargado por ella, como “ejemplar” de ella. Nosotros transmitimos la fe no sólo por lo que decimos sino también por lo que somos y por cómo vivimos.

4.3.2.- Los signos del amor

En orden a la comunicación de la fe, como decía Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, el testimonio de vida de los católicos es primordial: "Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan o, si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio. San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta (Cf. 1 Pe 3,1). Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra: de santidad" (EN 41).

Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte nos invita a anunciar y dar a conocer el rostro vivo de Cristo y a la vez nos recuerda que ello sólo será posible si somos testigos del amor, viviendo el mandamiento nuevo. "Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia también este nuevo siglo; pero si faltara la caridad (agape), todo sería inútil (cf. 1 Co 13,2)…La caridad es verdaderamente el 'corazón' de la Iglesia" (NMI 42). Y nos invita a vivir una espiritualidad de comunión (NMI 43-35) y a "proyectarnos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres" (NMI 49).

4.3.3.- Con ardor y esperanza

Para ser testigos de Jesucristo hoy, la palabra y la vida de los cristianos ha de estar impregnada de lo que nos sugiere el Papa en la NMI: «Hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo que exclamaba: ¡Ay de mí si no predicare el evangelio! (1 Co 9,16)» (NMI 40).

La Iglesia es como un “hogar y taller” donde nacemos a la fe, la confesamos, la celebramos y la expresamos con el testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, con la responsabilidad de la misión concreta de evangelización que debe ser asumida y compartida por todos sus miembros. En esta experiencia y misión común existen, a veces, insuficiencias y dificultades, pero se trata siempre de una experiencia gozosa y alentadora que nos mantiene a nosotros fieles al mandato recibido del Señor aquí y ahora y abre caminos nuevos para las siguientes generaciones de cristianos.

Nunca deberemos olvidar que, entre contradicciones y en medio de nuestros propios desánimos, el Señor viene a nuestro encuentro y nos precede en nuestra acción, tal y como percibió Pablo en la ciudad de Corinto: «No temas, sigue hablando, no te calles, porque estoy contigo, y nadie intentará hacerte mal. En esta ciudad hay muchos que llegarán a formar parte de mi pueblo» (Hch 18,9-10).

CUESTIONARIO PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL
Y DIÁLOGO DE GRUPOS

¿Cuáles son las dificultades más frecuentes que tenemos los cristianos hoy para confesar y transmitir nuestra fe?
¿Qué signos de conversión nos pide el Señor hoy a nosotros, sus testigos?
¿Qué acciones evangelizadoras estamos llamados a potenciar o promover en nuestras comunidades cristianas para confesar y transmitir nuestra fe?
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