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| TEMAS PARA CATEQUESIS La Santidad, vida entregada por amor INTRODUCCIÓN En los temas anteriores hemos tratado diversos aspectos de la fe: el encuentro con Jesucristo, su dimensión eclesial, la necesidad de confesarla y transmitirla. En este tema 4º expondremos la fe que actúa por la caridad (Gal 5,6). Es decir, la llamada a vivir la entrega de la vida en el amor, a ejemplo de Jesucristo, que es la llamada a la santidad. Los santos son una referencia para caminar por los senderos de la fe en las circunstancias personales en que cada uno ha de vivir. Ellos son testigos cercanos de Cristo, dado que sus vidas nos remiten al Señor muerto y resucitado. En todos los santos encontramos, además, una entrega confiada a los designios del Espíritu, una generosa disponibilidad y una alegre disposición de servir a los demás. Ellos son como excelsos testigos entre la comunidad de testigos que formamos los bautizados en el seno de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II, en su próxima visita a nuestra tierra, va a canonizar a cinco cristianos de España que, como otros muchos, acertaron a comprender que la santidad no es propia de héroes o superhombres, sino que es un don de Dios, que ha de acogerse libre y humildemente. Nosotros también estamos llamados a la santidad. El pasaje del lavatorio de los pies (Jn 13,1-17) puede ser un "icono" para entender las claves de esta catequesis de la llamada a la santidad:
1.- LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO (Jn 13, 1): EL AMOR, ALMA DE LA SANTIDAD La esencia de la santidad es el amor: “la caridad es el alma de la santidad a la que todos están llamados: dirige todos los medios de santificación, los informa y los lleva a su fin” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 826). Jesucristo, el Santo de Dios, es el modelo perfecto de santidad, porque él vivió la perfección del amor: "El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad…El es, en efecto el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15,12).Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8,34)" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 459). Desde el amor intratrinatario que habitaba en él, tuvo como alimento hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34). Su encarnación y entrega fue el signo consumado del amor del Padre a la humanidad, pues nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4,10). Amó a sus hermanos los hombres hasta el extremo (cf. Jn 13,1) y entregó su vida por nosotros en oblación por amor (cf. Ga 5,20; Ef 5,2). El lavatorio de los pies en la noche del Jueves Santo, como servidor, es un signo y prefiguración de lo que ocurrirá el Viernes Santo, entregando su vida como Siervo de Yahveh, que ha cargado con los pecados de la humanidad. Esa humillación y despojo del lavatorio es un signo y una consecuencia del despojo de su encarnación, por la que tomó condición de siervo y se humilló hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Flp 2,6-11). 2.- "LO QUE YO HAGO, TÚ NO LO ENTIENDES AHORA" (Jn 13,7): Esta radicalidad con la que se expresa el amor de Jesucristo, hasta el servicio de entregar la vida, no era fácil de entender a la mentalidad de Pedro y de los demás discípulos, que esperaban un Mesías triunfante y poderoso. Jesús se lo fue explicando a lo largo de los tres años de su vida pública (cf. Mc 8-9), pero deberían recibir el Espíritu Santo para que los llevara a una comprensión plena y profunda de esta verdad (cf. Jn 14,26; 16,13). En nuestra sociedad y cultura de hoy tampoco resulta fácil de entender el lenguaje de la santidad ni fácil de vivir su dinamismo, aunque sea por motivos distintos a los de la época de Jesús. En efecto, por un lado está nuestra tendencia natural, como consecuencia del pecado original, de dejarnos llevar por "las apetencias de la carne", en lugar de vivir según el Espíritu (cf. Ga 5,16-26). Ahí se esconden el egoísmo, el individualismo, la concupiscencia del poder, del tener y del placer y todo tipo de tentaciones. Esto es algo de todos los tiempos. Por otra parte en este momento en el interior de la Iglesia se detectan algunos síntomas de atonía espiritual, por cansancio o por otras razones, que, si nos dejáramos llevar por ellos nos inducirían a una mediocridad de vida, ajena al espíritu del Evangelio y a la fidelidad que reclama cada una de las vocaciones dentro de la Iglesia (cf. Plan Pastoral de la CEE 2002-2005, 17-20). Además, hablar de santidad pudiera sonar a algunos como una evasión de carácter espiritualista, cuando existen otras urgencias, acaso de carácter social, que en su opinión deberían ser prioritarias. Como luego diremos, la santidad no aleja del compromiso, sino que precisamente se expresa ahí, aunque no se agota en ello. Según decía el Concilio, "la santidad, promueve, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano" (LG 40). Pero hoy, además, desde algunas corrientes filosóficas, que están en le fondo de muchos planteamientos vitales, como son el materialismo práctico y el escepticismo, es imposible entender nada que suene a espiritualidad e infinitud. Tras el materialismo práctico se esconde un rechazo de Dios y de toda Trascendencia, así como de las preguntas básicas sobre el sentido de la vida. Desde el materialismo dialéctico, pasando por el neopositivismo, el vitalismo y otras corrientes ateas de existencialismo, se ha pretendido dibujar una antropología donde el horizonte material aspira a saciar toda la sed del hombre. Hoy tiene especial importancia hacer hincapié en esta piedra angular de la reflexión filosófica, pues, desde el siglo XVIII, un nutrido conjunto de pensadores ha intentado convencer a Occidente de que el hombre es un ser radicalmente finito, carente de todo anhelo de infinitud; de que -como dijera Lévi-Strauss- “la mente humana es una cosa entre cosas”. Algunos filósofos modernos han ido redactando delusoriamente la tan débil Carta Magna de la finitud. Ninguno de nosotros somos ajenos a la atmósfera filosófica que han ido creando todos estos pensadores modernos. Estrechamente unido al materialismo práctico se encuentra el escepticismo. Es ésta una actitud humana que desespera de encontrar la verdad. No cree en ella. Tras esta tragedia desaparece cualquier posibilidad de descubrir lo eterno, lo inmutable, lo permanente..., y, en consecuencia, lo Trascendente. El hombre se ahoga así en su finitud. De estos temas ha hablado el Papa en dos Encíclicas: la Veritatis Splendor y la Fides et Ratio. Como consecuencia del materialismo y del escepticismo, aparece el irracionalismo: la negación de toda filosofía, de toda razón. Es lo propio de la cultura -pseudocultura- de la new age. Es el imperio del sentimiento irracional, de la disolución de la conciencia individual, de la aparición de formas pseudo-religiosas gnósticas. A este tema ha dedicado recientemente un documento el Pontificio Consejo para la Cultura. Nosotros -que hemos recibido el don de la fe- hemos de recuperar de nuevo para la cultura, para la filosofía y para la fe un dato radical: que el hombre ni es simplemente finito ni simplemente infinito, sino el ser que, sabiéndose contingente, anhela una plenitud que escapa a sus posibilidades. La finitud del hombre está transida de infinitud. El Misterio está presente en el hondón de todo hombre. En este contexto cultural, la predicación de la santidad -de la vida en Cristo- significa un decisivo aporte de luz. 3.- "¿COMPRENDÉIS LO QUE HE HECHO CON VOSOTROS?" (Jn 13,12). "El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…). Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22). El hombre, inquieto buscador de plenitud, lleva en su interior inscrito el ansia de alcanzar la felicidad plena. Ese deseo profundo está henchido de anhelos de verdad, de belleza, de absoluto. Sólo el encuentro con Cristo; sólo la Vida en Cristo, da respuesta cumplida a todos los anhelos humanos. La luz que adquiere el misterio del hombre desde Cristo ha sido vislumbrada en parte por algunas corrientes y planteamientos intelectuales contemporáneos. El personalismo comunitario -con testigos tan relevantes como Mounier, Levinas, Zubiri, Ricoeur, Scheler, etc- ha bañado el trasfondo ideológico de nuestra sociedad de valores como: la centralidad de la persona; la importancia de la encarnación en la actividad social; la recuperación del “ordo amoris” como horizonte ético. La Fenomenología en algunas de sus corrientes -como en Edith Stein- ha conllevado, también, una visión más realista de la condición humana y de nuestro mundo que, en no pocas ocasiones, ha servido como feliz contrapunto a aquella estrecha concepción cognitivista del hombre que lo interpreta como ser sólo “intelectual”, olvidando sus dimensiones afectiva, volitiva y trascendente. En todos estos movimientos filosóficos la Iglesia ha encontrado un clima excelente en el que mostrar cómo el Evangelio responde a los interrogantes más hondos del ser humano. Sólo en Cristo, en quien y para quien el hombre ha sido creado, el hombre puede hallar descanso y plenitud. La vida del creyente es, pues, un peregrinar en la confianza de que no se persigue una quimera, sino que se sigue al que es Santo con la misma gracia de Quien es el Santo. Cristo es el eje del caminar de todo bautizado. En Él se manifiesta el amor del Padre y se hace presente el designio de constituir a los hombres que acogen su palabra de salvación en Hijos de Dios. Una vida plena -digna-, santa, es, en definitiva, una vida en Cristo; con palabras de San León Magno: "Conoce, cristiano, tu dignidad y, hecho partícipe de la divina naturaleza, no quieras volver a la vileza de tu antigua condición". 4.- "OS HE DADO EJEMPLO PARA QUE VOSOTROS TAMBIÉN LO HAGÁIS" (Jn 13,15). 1.1.- Llamada universal “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn, 15, 17). La santidad no es el resultado de una iniciativa humana. La santidad es un llamamiento amoroso de Dios a la plenitud, a la vida en Él. Todos los hombres, sin excepción, están, pues, llamados a la santidad. (LG.5). Habrá quien piense que, precisamente por los condicionantes sociales actuales, ayunos de cualquier planteamiento no ya metafísico, sino espiritual, la llamada a la santidad sea una convocatoria para almas muy elegidas. El Papa ha llamado la atención sobre el posible malentendido "como si la santidad implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos 'genios' de la santidad", y afirma que "es el momento de proponer a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria" que es la santidad (cf. NMI 31). Pero no; precisamente por el hecho de la creación, por la iniciativa divina, la santidad no es privilegio de unos pocos, es un ofrecimiento gratuito para todos. “Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”, tal y como leemos en la Novo Millennio Ineunte, que no hace sino recoger esa proclamación de la Lumen Gentium, en la que los padres conciliares afirman que “los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos” (LG, 40). Y es que "lo propio de Dios es hacer, del hombre, dejarse hacer". (San Ireneo, Adv. Haer. 37). Esta llamada a la santidad, que nace del bautismo, es la misma para todos los estados, pero cada uno debe avanzar por el camino de identificación con Cristo según sus propios dones y funciones: los pastores de la Iglesia, por la entrega al ministerio en la caridad pastoral; la vida consagrada, por la fidelidad a los consejos evangélicos; los esposos, por su amor generoso y su dedicación a los hijos; cada cual en el ejercicio honrado de su profesión para construir el mundo según los planes de Dios; los enfermos y los que sufren, incorporándose a la cruz redentora del Salvador. "Todos los cristianos, por tanto, en sus condiciones de vida, trabajo y circunstancias, y mediante todo ello, serán cada vez más santos, si todo lo reciben con fe de manos del Padre del cielo y colaboran con la voluntad de Dios, manifestando a todos, incluso en el mismo servicio temporal, el amor con el que el Padre amó al mundo" (LG 41). 4.2.- La pedagogía de la santidad en la programación pastoral El renacer pastoral, verdaderamente primaveral, propuesto por el Concilio Vaticano II se basa, indefectiblemente, en la santidad personal de los miembros de ese Cuerpo Místico que conforma la Iglesia con su cabeza, Jesucristo. “Este ideal de perfección”, insiste el Papa : “no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno” (NMI, 31). De ahí que la consecuencia lógica sea poner “esta verdad elemental” como el elemento esencial, fundante, “de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio” y que no es como “podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico”, sino la raíz de toda la actuación, personal y comunitaria, de la Iglesia (NMI, 31). Pero ese florecer del Concilio exige un cultivo cuidadoso -amoroso en el amor con que Cristo ama a su Iglesia- de la propuesta de santidad. “Poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” (NMI, 31). La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” (NMI, 31). 4.3.- En la intimidad de la oración "Para esta pedagogía de la santidad”, es necesario un cristianismo que se distinga ante todo por el arte de la oración... Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: Señor, enséñanos a orar (NMI, 32). “Lo que impacta y transforma a la persona es el vivir con Cristo, que dará paso a vivir como Él, para vivir en Él. Somos conscientes de que para llegar a la madurez cristiana de las personas y de los grupos es necesario que la vida se centre y se sustente en Jesucristo..., que se cultive la intimidad personal con Él, como lo han hecho siempre los santos. La oración es el cimiento para una formación cristiana más completa y para la respuesta generosa incluso a la vocación sacerdotal o a la vida consagrada, si Dios llama por ese camino” (Plan Pastoral CEE 2002/2005, 16). Cristo es Señor del tiempo, Alfa y Omega, pero es, también, la plenitud para cada existencia histórica personal. De ahí que nuestros pastores, recogiendo el espíritu que late en la Novo Millennio Ineunte, propongan la santidad como “la perspectiva de nuestro caminar pastoral”, lo que exige que “tanto pastores como fieles, comenzando por nosotros mismos, los obispos, dejándonos llevar de la acción del Espíritu, sigamos más de cerca las huellas de Cristo, cada uno según nuestro estado y servicio en la Iglesia” (Plan Pastoral CEE 2002-2005, 17). Enseñar la santidad se convierte, así, en expresión sinónima de enseñar a orar. “Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración”. “Hace falta que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral. Nos han precedido grandes testigos en nuestra tradición mística española y en ellos seguiremos encontrando manantiales hondos de espiritualidad” (Plan Pastoral CEE 2002-2005, 16). 4.4.- De la Cruz a la Luz En este camino de santidad no ha de faltar la cruz, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica: “No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas” (nº. 2015). Es muy posible que la gran mayoría del pueblo fiel no experimente las grandes pruebas de sufrimiento; pero en todo proceso de maduración cristiana se habrá de hacer visible el comentario del Bautista: “Es preciso que yo mengüe para que Él crezca” (Jn. 3, 30). En esa sencillez de comportamiento radica la grandeza del amor de Cristo: dejarse transformar por su palabra; hacer que el “yo” vaya dejando paso al “nosotros” de la entrega generosa y confiada. Es una cruz cotidiana, es la cruz de la renuncia al egoísmo y a la comodidad, mas una cruz suave y llevadera porque se apoya en Aquel que todo lo puede. Sólo del vaciamiento que nos configura como personas, porque mirando el rostro de Cristo descubrimos el rostro verdadero del hombre, surge la fortaleza para predicar con entusiasmo el mensaje y la obra de salvación. “Hoy no son suficientes los signos de amor y de solidaridad; son necesarias las palabras que desvelen a la humanidad el rostro del Dios único y verdadero. Hay que volver a hablar de Dios con lenguaje fresco y vital. Hemos de anunciar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad de amor, que nos invita a su amistad” (Plan Pastoral CEE 2002-2005, 29). Si menguamos en nuestra naturaleza egoísta es por la fuerza de la gracia que se derrama en la vida sacramental y en la vida de oración. La gran tradición mística de la Iglesia, tal y como nos recuerda la Novo Millennio Ineunte, “muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado” (nº. 33). Hay que hacer un esfuerzo por convertir nuestras comunidades cristianas en “auténticas escuelas de oración, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios” (nº. 33). 4.5.- Con la Gracia de los sacramentos Huyendo de cualquier asomo de pelagianismo, la Iglesia predica incansablemente cómo es el Espíritu Santo el que nos configura con Cristo, a través de los sacramentos. “Así como Cristo fue enviado por el Padre, El a su vez envió a los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo de Dios, con su Muerte y Resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte, y nos condujo al reino del Padre, sino también para realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el Sacrificio y los Sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (SC 6). La culminación de todos los sacramentos es la Eucaristía. No hay santidad sin Eucaristía. La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos (cf. SANTO TOMÁS, Suma Teológica 3, q. 65 a. 3). 5.- "DICHOSOS VOSOTROS, SI LO PONÉIS EN PRÁCTICA" (Jn 13,17). Las expresiones del amor son la realización concreta y práctica de nuestra incorporación a Cristo. “Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (NMI, 49). Cristo vive, especialmente, en el rostro del que sufre y del que llora; en la figura doliente del perseguido, del marginado; en el cuerpo de quien padece la injusticia y la opresión. “En la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos” (NMI, 49). Es momento de hacerse uno con los desvalidos, no al modo de una solidaridad meramente humana, sino con la entrega de un Cristo que, antes de morir, se dispone a lavar los pies de sus discípulos. “Es la hora”, dice el Papa en la Novo Millennio Ineunte, “de una nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos, y solidarios, con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”. Construir el Reino de Dios es construir la civilización del amor y la justicia en las relaciones humanas, sociales y económicas. Construir el Reino de Dios es construir en la defensa de la vida, es respetar el ritmo natural de la creación. Construir el Reino de Dios es construir un mundo saludable, con oportunidades justas para el desarrollo armónico de las naciones más desfavorecidas. Es toda la Iglesia la que ha de estar comprometida en la constitución de un orden justo, “como ejercicio de la caridad fraterna y del mismo anuncio del Evangelio. Este compromiso lo cumplen los obispos, con su magisterio que enuncia y actualiza los principios de la doctrina social de la Iglesia, y todos los fieles, particularmente los laicos, con su palabra, acción y testimonio para la construcción y transformación de la sociedad según los proyectos de Dios” (Plan Pastoral CEE 2002-2005, 56). El conocimiento íntimo de Cristo, la fuerza de la oración como herramienta fundamental para la santidad personal son como las claves para expresar el amor con obras y seguir defendiendo “clara y públicamente los derechos humanos y particularmente la dignidad y la vida de la persona, en los diversos ámbitos en los que está amenazada, y aportar nuestra contribución a la solución de la cuestión social, que ha llegado a ser ya una cuestión planetaria por los efectos de la llamada globalización” (Plan Pastoral CEE 2002-2005, 56). Las nuevas realidades de pobreza, drogadicción, sida, abandono de ancianos, integración de inmigrantes, violencia doméstica o el triste fenómeno del terrorismo, son realidades que deben afrontarse con el esfuerzo de la oración y la gracia de la santidad que el Espíritu construye, gratuitamente, en los creyentes. La comunión eclesial no vive al margen de la realidad. Anclada en la vida misteriosa de la Trinidad busca al hambriento y al sediento, al cautivo y al triste. “La espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidia” (NMI, 43). También, la misión ad gentes constituye una manifestación de caridad -amén de justicia- consecuencia fundamental de esta incorporación a Cristo (cf. Redemptoris Missio 34). En los santos que el Papa Juan Pablo II va a canonizar en su próxima visita a España encontramos un claro ejemplo de que la santidad no vive aislada, sino en plena comunión eclesial y en generosa entrega a los hermanos. En ellos, “la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras” (NMI, 50). CONCLUSIÓN El Apóstol Pedro, al principio no había entendido el servicio hasta la muerte como esencia de la misión de Cristo. Quiso, incluso, apartar al Señor de ese camino. No lo acepta puesto a sus pies como servidor. Pero tiene claro que quiere ser de los suyos. Sin embargo es débil y pecador. Tendrá que arrepentirse y confesar su amor a Cristo. Un camino de altibajos, de afirmaciones y negaciones. Tampoco los santos nacen perfectos, sino que se reconocen pecadores y necesitados del perdón y de la gracia de Dios. Eso sí, tratan de corresponder a esa gracia. Como Pedro, que, lo mismo que su Maestro, acabó entregando su vida en el martirio, tal como Jesús se lo había profetizado: "Cuando seas viejo extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios" (Jn 21,18-19). El sucesor de Pedro, que nos visita, en su infatigable ancianidad es para toda la Iglesia un testimonio de fe viva y una invitación a la santidad. Ejerce su carisma de fortalecer la fe de los hermanos no solo con su palabra, sino también con su ejemplo de vida entregada.
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