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Manuel María Bru(1)
Dijo en una ocasión Juan Pablo II que si la evangelización está unida al cambio generacional, “mientras pasan las generaciones que se han alejado de Cristo y de la Iglesia, que han aceptado el modelo laicista de pensar y de vivir, o a las que ese modelo les ha sido impuesto, la Iglesia mira siempre hacia el futuro; sale, sin detenerse nunca, al encuentro de las nuevas generaciones. Y se muestra con toda claridad que las nuevas generaciones acogen con entusiasmo lo que sus padres parecían rechazar”. Tal vez está afirmación pueda parecer demasiado optimista cuando la Iglesia de nuestro tiempo ve como la secularización va haciendo mella en toda la sociedad, y dado que la fe se transmite por osmosis, por educación, por herencia de generación en generación, donde más daño causa el proceso secularizador es entre los más jóvenes. Pero precisamente el viejo Papa polaco, que siempre (como estudiante, como sacerdote, como obispo y como Papa) ha mostrado una predilección especial por el apostolado con los jóvenes, es el baluarte de una Iglesia que, ciertamente, ve sucederse generaciones enteras de jóvenes a quienes ni siquiera ha tenido la oportunidad de mostrarles el rostro joven de Cristo, pero que ve también como tantos otros, a veces casi sin haber hecho nada “especial” por atraerlos, vienen a “beber de sus fuentes”, a pesar de todas las contraindicaciones con las que la sociedad les aleja de ella. De hecho, cuantos más son los que la Iglesia ve pasar de largo, más aún son los que encuentran en la Iglesia la vida de Cristo y lo siguen. Y si la Iglesia dice en nombre del Señor “venid y veréis”, y además lo hace sin miedo, y sin dejar de ser y de mostrar lo que es, entonces el “venid” no es un venid cualquiera, y el “veréis”, tampoco es una promesa corriente. Este es el secreto de esa unión que conmueve a unos y confunde a otros, la especial sintonía entre el Papa y los jóvenes. Y es que este Papa no sólo les llama con un venid sino que los atrae con el veréis de una vida que él mismo transparenta. Ni los más atrayentes reclamos de la publicidad que venden al joven una mentalidad dócil para mercadear a sus anchas en el alma del joven ávido de experiencias, ni todo el oro del mundo, son comparables a la fuerza seductora de la verdad y de la libertad de un anuncio sin apenas medios, cuya voz casi ni se oye en medio del estruendo, el anuncio del Evangelio. Entonces los jóvenes por vez primera ven que alguien les dice “venid” sin halagos ni zalamerías, cuando hasta los métodos de convocatoria de laboratorio pedagógico al uso son papel mojado, porque quien les dice venid les mira con esa mirada que es genuina, la mirada que lo da todo y no pide nada a cambio. Y este es precisamente el “venid” que les dice, casi tanto con la mirada y con el andar torpe de su azarosa y valerosa vida, el Papa viejo que, como en París, se deja llevar del brazo de sus jóvenes. ¿Y el “veréis”? ¿Ven en la Iglesia algo distinto a lo que encuentran fuera de ella? Ven vida donde la vida cristiana mana a borbotones, y sólo gotas de esa vida dónde hay mucho envoltorio, y entretenimiento, y fachada, pero poco auténtico que llevarse a la mente y al corazón de un joven que busca sentido, respuestas, felicidad, pureza, amor verdadero, Dios. Sí, ven a Dios; y sólo si le ven permanecerán. Las nuevas generaciones, acostumbrados a tanta palabrería, no sólo piden que les hablen de Dios, sino que dicen, dejando un poco atónitos a sus mayores, que no tardan mucho en distinguir entre quienes hablan sólo de Dios, y a quienes Dios se les escapa de los labios y de los ojos apenas lo pronuncian, porque parece que va con ellos siempre. Verán, si encuentran algo más que esas utopías que buscaban sus padres, y que porque a la postre ocurre lo que pregonan: que no tienen lugar, no fueron capaces de llenar sus vidas. Los jóvenes de esta generación, de los que Juan Pablo II dice que “acogen con entusiasmo lo que sus padres parecían rechazar”, buscan ansiosos, en cambio, “topías”: lugares, ámbitos, personas, ese hogar donde todos los ideales humanos pueden empezar a ser realidad, “microtopías” de verdadera paz, verdadera alegría, verdadera amistad, verdadera justicia, verdadero amor. Quieren “topías”, no utopías y, paradójicamente, la Iglesia, que es comunidad, la Iglesia viva en sus familias, en sus grupos, en sus parroquias, en sus movimientos... ¿no es acaso el lugar donde se hace ya perceptible el Reino de Dios, y de donde arranca toda transformación del mundo que no este llamada al fracaso de las utopías, sino al florecer de un lugar nuevo, de una nueva humanidad? Estos son, no sólo los evangelizadores de los demás jóvenes, sino también de sus padres y maestros, y de todos aquellos que creían que su aburrida y caduca lucha por un puñado de éxito profesional, de dinero, de evasión, podría llenar las ilusionadas aspiraciones de las jóvenes generaciones posteriores. Decía el Cardenal Rouco, al ser preguntado recientemente por el número de jóvenes que vendrán a Cuatro Vientos a encontrarse con el Santo Padre el próximo tres de mayo, que a nosotros no nos sirven las estadísticas, porque Dios toca los corazones de los jóvenes de tal modo que su participación en las convocatorias papales siempre han superado todas las previsiones. Y es que las estadísticas juveniles ofrecen un variado e irreconciliable puzzle con un poco de pensamiento débil, de religiosidad de supermercado, de brotes de rebeldía contra la mentalidad del éxito y de la evasión, aún en auge, de búsqueda de sentido trascendente sin prejuicios, etc..., pero raramente ofrecen la capacidad de renovación de un pueblo de jóvenes que sigue a Cristo, como no lo había habido hace décadas, y sobre todo que, en la hipérbole del proceso de secularización, es la primera generación más evangelizadora de sus padres que evangelizada por ellos. El Papa lo sabe, y les ofrece una nueva paternidad, la paternidad de su ministerio pastoral vivido y manifestado tan entrañablemente, que el joven a su lado se descubre hijo, hijo de un pueblo de fe, hijo de una esperanza, hijo de una unidad en el amor sin igual, y sobre todo y con todo hijo amado de Dios.
(1) Manuel María Bru es el Delegado Diocesano de Medios de Comunicación Social del arzobispado de Madrid y miembro de la Comisión de Comunicación de la V Visita Apostólica del Papa Juan Pablo II a España |
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